Hemeroteca :: 03/04/2009
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Relato Hiperbreve

Veinte Cuentos, Veinte Líneas

(Ilustración: Pablo Milans)
Por Juancho Abollado
Última actualización 01/04/2009@13:10:34 GMT+1

Con el aroma de la jara impregnando la vereda de un campo de la Castilla del norte, el
grupo fue dispersándose hasta alcanzar cada uno su puesto de tiro. Nos precedían los
podencos, en plena campaña final de temporada. Esta vez, no perseguíamos un cochino
o una res de las que llevarse un trofeo de astas para enmarcar en una pared o el alto de
una chimenea. Un montero avistó un lobo saliendo de un corral de los dueños de la
finca y como contra prestación a tantas mañanas de gloria de caza mayor le habíamos
prometido devolver sus favores con la muerte de aquel agitador de gallinas. Al llegar a
mi puesto, un escondite entre edredones de madreselva, no tardó mi presa en azuzarme
los sentidos. Los perros aún no se habían percatado de su cambio de dirección. Cuando
lo hicieron ya era tarde: lo tenía justo en la boca del rifle, a unos doscientos metros.

Tragué saliva para apurar plenamente el momento, atisbé el dedo en el gatillo pero en
ese instante preciso advertí que el animal no se encontraba solo. Una presencia casi
imperceptible, celeste, lo que sin duda era un hombre ataviado con vestuario de
montaña se dejaba lamer por el lobo y jugaba con éste como si de un hijo se tratara.

Apoyé, incrédulo, la escopeta en el hombro dudando si predecir o no un peligro
inminente. Ambos se rebozaban sobre el suelo y no parecían advertirme. Entonces el
hombre se irguió lentamente, clavó sus ojos en los míos y me sonrió, guiñándome un ojo
cómplice. El lobo se escurrió hábilmente a sus espaldas perdiéndose sigiloso en la
espesura del bosque. Cuando mis compañeros me encontraron unas horas después en
estado de shock, contaron que mis primeras palabras fueron: “Amigo Félix...”
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