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Hemeroteca :: 03/04/2009
Cine
Última actualización 31/03/2009@13:13:48 GMT+1
La zoomorfosis es la metamorfosis de ciertos animales; de donde se deriva la creencia de que el hombre es capaz de transformarse en diversos animales dependiendo de la zona geográfica en la que vive o del simbolismo que tenga ese ámbito cultural. Estas ideas dieron lugar a muchas leyendas sobre humanos animalizados que en ocasiones se mezclaban con datos reales. Así nos encontramos con los berserkers u hombres-osos de los pueblos escandinavos, el hombre-león y los hombres-leopardos africanos.
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El mito de Osiris nos relata que éste adoptó la forma de lobo para ir a socorrer a Isis y a su hijo Horus. Zeus, por motivos menos espirituales y más relacionados con su sacra entrepierna, se transformó en toro, cisne, águila o serpiente. El término licántropo tiene su origen en Licaón, rey de Arcadia, que fue transformado en lobo por Zeus como castigo por haber intentado comprobar su divinidad, invitándole a un banquete en el que sirvió un asado preparado con el cadáver de un niño. El término hombre-lobo desciende del latín lupsus hominarius, aunque en latín clásico se llamaba versipellis (el que cambia la piel).
Historia El rey húngaro Segismundo (1368-1437) hizo que la Iglesia, en el concilio ecuménico de 1414, reconociera oficialmente la existencia de los hombres lobo. Entre el año 1520 y mediados del siglo XVII, se enumeraron unos 30.000 casos de licantropía en toda Europa, especialmente en Francia, Serbia, Bohemia y Hungría. Dentro del caos de opiniones, el demonólogo Lancre asumía, por ejemplo, que el animal preferido por el diablo para transformarse era el lobo, que era el enemigo mortal del cordero, en cuya forma fue figurado Jesucristo. Por otro lado, nos encontramos con las tendencias o transformaciones voluntarias de vestirse con la piel de un animal, o esas otras que llevan a cabo los magos, o las brujas…, sin pasar por alto el influjo de la Luna, o la superstición de pisar la piel de un animal muerto, o beber agua donde ha bebido un animal, comer su carne o sus órganos, recibir la mordedura de un lobo…, e incluso, en circunstancias más complejas, haber sido el séptimo hijo de un matrimonio. Pero, quizás, lo que más ha contribuido a ofrecernos una versión especial del tema, sin ninguna duda, ha sido el llamado cine de terror.
La Bestia interior y el cine La industria cinematográfica, por necesidades impuestas por las antiguas técnicas de los efectos especiales y la enorme capacidad de los profesionales de la caracterización, nos mostró al hombre animalizado, al ser mitad animal y mitad humano. Este personaje no era sino un nuevo monstruo con muchas referencias en la Literatura: desde la Odisea a Kipling, lo que se nos contaba eran historias de un monstruo peludo que vivía básicamente en la tragedia, un hombre condenado, con una extraña enfermedad y de la que sólo se podía liberar mediante la muerte. En pocas palabras, ese monstruo era el hombre más maldito de la tierra, torturado por el sufrimiento de la transformación física y atormentado al saber que, como animal, era capaz de llevar a cabo los crímenes más terribles y espeluznantes. La primera película que recreó el personaje fue la obra muda “The Werewolf” en 1913. Pero no fue hasta 1932 cuando surgió la primera película sonora de licántropos: “El hombre lobo en París”, que bebía de las fuentes de R.L. Stevenson. Más tarde, en 1944 vino “The Wolfman” o “La maldición de la mujer pantera” de Robert Wise. La productora Universal mantuvo cuanto pudo al monstruo en la pantalla: “Frankenstein y el hombre lobo”, “La zíngara y los monstruos”… Cuando el personaje no dio más de sí, se buscaron otras fórmulas, como aproximar el terror a la juventud. En los sesenta vinieron “La maldición del Hombre Lobo”, “El terror de los lobos”… Fue el español Jacinto Molina, más conocido como Paul Naschy, el que mantuvo la bandera de la licantropía como eje del terror. Con los años y la evolución de la técnica cinematográfica, se multiplicaron las propuestas: “Aullidos”, “En compañía de lobos” de Neil Jordan, “Luna negra”, “Werewolf” (el enésimo remarke de este filme)… El resto de películas modernas que nos ha enviado el cine americano se sitúan entre la acción, el terror y el esperpento: “Dog Soldiers”, “Underworld” (se desarrolla en un mundo donde viven humanos, vampiros y licántropos, y que le buscó la ruina a su osado actor-director: Kevin Costner). La verdad es que salvo casos contados o aislados el cine ha generado un gran cúmulo de despropósitos alrededor de este monstruo peludo. No así cuando ha utilizado la imagen del hombre salvaje, que no lobo, sino del hombre desnudo, que vive en cuevas o bosques y que tiene el cuerpo recubierto de una inmensa capa de pelo. Y uno de los aspectos curiosos de este hombre es que es un tanto asilvestrado, bien porque se ha apartado de la civilización por voluntad propia o porque fue abandonado cuando era un crío. Y aquí entraríamos en los llamados niños salvajes y toda una gama de personajes e historias como la que escribió el magistral escritor Rudyard Kipling en el “Libro de la tierras vírgenes” en el que cuenta las aventuras de Mowgli, un pequeño amamantado y educado por los lobos de la India, que venía a modernizar la leyenda de Rómulo y Remo, fundadores de Roma. Hay otros muchos casos: Rama y Kamala, las famosas niñas que en 1920 fueron criadas por una camada de lobos y que bebían, comían, gruñían y actuaban como sus padres adoptivos; el de un niño sirio que, dado su retraso mental, fue criado por una loba. Siguiendo esta línea tendríamos “Tarzán de los monos” en sus distintas versiones, “Greystoke”, “El pequeño salvaje” de François Truffaut, o “El enigma de Kaspar Hauser” de Werner Herzog.
Otras películas Como siempre, el número de películas y de títulos se multiplica y es difícil hacer una lista exhaustiva, sobre todo por una cuestión de espacio, pero lo que sí es cierto es que hay multitud de versiones y puntos de vista, así como de historias diferentes que, tienen en común la palabra lobo. Pensemos en “Colmillo Blanco” (1991) de Randal Kleiser o el documental “Los lobos marinos”, que en vez de tratarse de un documental sobre los grandes y torpes mamíferos de los polos no es sino una película que dirigió Andrew Mclagren, ambientada en 1943, en aguas de Goa-portuguesa en las que opera un carguero alemán, que transmite información que ha costado a los aliados muchas vidas y envíos de suministros… Si, por el contrario, lo que queremos es referirnos a la primera, “Colmillo Blanco”, estamos, pues, ante uno de los títulos de una de las novelas más famosas del escritor Jack London, cuyo protagonista es un perro nacido de la relación entre una perra-loba y un lobo en las tierras vírgenes de Alaska. Una magnífica reflexión sobre la libertad y la esclavitud. Por el contrario y en el polo opuesto, tendríamos “El valle de los lobos” una película del realizador turco Sedar Akar que tienen prohibido ver los soldados americanos y que relata un enfrentamiento entre las fuerzas de Turquía y los EEUU. O pensemos en otra totalmente diferente, con otro argumento, lejana en el tiempo, con un lenguaje metafórico… Me refiero a “Ana y los lobos”, de Carlos Saura, realizada en 1972 y que viene a contarnos la historia de una institutriz extranjera que es contratada por una extraña familia, compuesta por una madre mayor y enferma, tres hijos y sus respectivas nietas. Pronto, el encanto de la joven irá cautivando a cada uno de los hermanos, ante la oposición cerrada de la madre. O por qué no traer a colación “Luna de lobos” de Julio Sánchez Valdés sobre tres soldados republicanos que son perseguidos por la Guardia Civil al mando de un sargento que está enamorado de la misma mujer que uno de los milicianos. O pensemos en algo muy distinto a esta historia como lo es “Los lobos de Washington”, de Mariano Barroso. O “Wolfen”, de Michael Wadleigh, en la que un importante hombre de negocios aparece muerto, descuartizado, y un veterano detective descubre que desde hace tiempo se vienen produciendo más asesinatos. Las investigaciones le llevan hasta las leyendas de los indios. Sin olvidar “El imperio de los lobos”, en la que Jean Reno vuelve a hacer una gran interpretación metiéndose en la piel de un policía, para variar. Además tendríamos: “Wolf´s Rain, una historia de lobos”, “Los lobos no lloran”, “Lady Halcón”, “Ginger Snaps”, “Un hombre lobo americano en Londres”, y “Como lobos sedientos”, que no es más que un spaghetti werstern que en realidad debería titularse “10.000 dollari per un massacro” (1967). Y siguiendo con la lista y los títulos, podríamos traer a colación “Lobo” de Miguel Courtois, un filme inspirado en la vida de Mikel Lejarza, un agente de los servicios secretos españoles, que se infiltró en ETA .
Mención especial Cada temporada hay un título en la cartelera que destaca por su espectacularidad. En 1990 fue “Bailando con lobos”, una historia épica ambientada en el Oeste americano, que consiguió siete Oscar, haciéndonos despertar de un cierto letargo que nos provoca la rutina diaria regalándonos un proyecto monumental, un western que no era tan simple, ni tan pastel, quizás demasiado largo, y deudor del buen hacer de Kevin Reynols, amigo de Costner, que intentó justificarse diciendo que sólo le había ayudado a hacer los títulos de crédito, cosa que, conociendo a Reynols, no se cree nadie. Y cuatro años más tarde, en 1994, “Lobo”, una obra de Mike Nichols en la que en una fría noche de invierno, Will Randall (Jack Nicholson), ejecutivo de una importante empresa editorial de Manhattan, conduce su coche a través de una solitaria carretera nevada. De pronto, una figura oscura aparece frente a él y le obliga a frenar violentamente. Pero es demasiado tarde y Will ha sentido el impacto del choque. Baja cautelosamente del automóvil y sigue un rastro de sangre que le conduce hasta una figura que yace inerte en la nieve. Will comprueba aliviado que no ha atropellado a una persona, se trata de un lobo, un enorme lobo negro que parece estar muerto. (Michelle Pheiffer, guapísima, impresionante).
Situación actual Recientemente el tema de los hombres lobo tomó un giro más comprensivo en algunos círculos con la creciente importancia del medio ambiente y otros ideales como la “vuelta a la naturaleza”. El hombre lobo ha pasado a ser visto como una representación de la humanidad fundida con la naturaleza y la lealtad como una característica lobezna que muestra un rasgo positivo. También podemos ver los libros o las películas de los hombres-lobos como metáforas de los grupos marginados y discriminados por la sociedad moderna. Por ejemplo, un subgénero muy popular consiste en mostrar historias en los que los hombres lobos son razas especiales separadas por medio de la ficción o la fantasía como personas capaces de utilizar la magia para transformarse, para huir de esta sociedad, si bien y como decía el sabio de Louis Malle, un gran realizador francés, tarde o temprano llegarán a la conclusión de que no hay ningún paraíso donde huir.
Y cuando no podamos huir, como todo condenado, no nos quedará otro remedio que aullar en la noche como lobos heridos, solitarios, reclamando la presencia de la mujer halcón (de nuevo la Pheiffer), en una historia de amor con aroma de película de aventuras tal y como sucede en “Ladyhawk” de Richard Donner, una brillante historia, romántica, de ritmo cimbreante, sustentada por la composición pictórica de Vitorio Storaro, y en la que se relata la diabólica venganza del Obispo de Aquila que, a consecuencia de una traición, jura impedir el amor de Navarre e Isabel. Apoderándose de las fuerzas del mal, lanza sobre la pareja un terrible hechizo: ella se convertirá en halcón durante el día y él en un acechante lobo gris por la noche... Eternamente unidos y separados, encontrarán un aliado en el joven lacayo Philippe (Broderick), que les intentará ayudar a conjurar la maldición del obispo. Un final feliz para un bello cuento.
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