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Hemeroteca :: 03/04/2009
Historia
El Tio Francachela
 | | (Foto: Carlos Sanz) |
Por Antonio Balduque Álvarez
Última actualización 01/04/2009@13:21:34 GMT+1
 | | (Foto: Carlos Sanz) |
Durante siglos el lobo fue considerado como uno de los animales más peligrosos tanto para el ganado como para el hombre, por lo que todo aquel que se dedicara a su exterminio era reconocido como un benefactor, siendo respetado y querido por todos los vecinos. Uno de los loberos más famosos de la provincia de Madrid durante todo el siglo XIX fue Antonio Robledo Palomino, natural de Miraflores, más conocido por el sobrenombre de “Tío Francachela”.
Antoñito nació el 13 de enero de 1826 en el seno de una familia de cabreros, por lo que desde muy tierna edad se acostumbró a convivir no sólo con truculentas historias de lobos sedientos de sangre, sino con una realidad de aullidos cercanos y huellas lobunas próximas a los apriscos. Con tan sólo nueve años, cuando estaba él solo al cuidado del rebaño familiar de cabras, tuvo su primer combate con el sibilino depredador. Un espectacular lobo se lanzó sobre sus animales matando rápidamente a tres de ellos. Los gritos del chaval, junto con los de otros pastores cercanos, ahuyentaron a la diabólica alimaña que se lanzó monte arriba, pero su frenética huída fue cortada por la aparición de otro grupo de pastores que descrestaron como una aparición. El lobo tuvo que volver sobre sus pisadas y se encontró de frente con Antoñito que le perseguía con una vieja escopeta de chispa entre sus manos. El mecanismo anticuado del arma no daba para reacciones rápidas, por lo que sin dudarlo cogió la escopeta por el cañón y como si fuera el mazo de un herrero le propinó un golpe tan certero que le partió el cráneo cayendo como un saco a sus pies. El cadáver del lobo fue llevado hasta Miraflores para presentarlo al Ayuntamiento y al chaval se le trató casi como a un héroe mitológico, debiendo quedar tan impactado con los parabienes que desde ese momento su vida tuvo como eje central la caza del lobo. De naturaleza despierta e instinto aguzado, adquirió pronto un don especial para seguir los rastros recorriendo sin fatiga el valle del Lozoya o las sierras de Miraflores, Bustarviejo y Manzanares hasta que se topaba con los lobos o localizaba sus loberas. Desaparecía de su casa durante varios días y no regresaba hasta que no traía en su saco un lobo muerto o los lobeznos de alguna camada. El buen recuerdo que tenía del certero golpe con el que mató a su primer lobo parece que debió influir, porque para su trabajo sólo usaba un garrote, negándose a utilizar armas blancas o de fuego, siéndole suficiente su inteligencia, instinto, maña e intuición. Una vez localizada la lobera, donde se acurrucaban las crías recién nacidas, tenía como costumbre desvestirse completamente para que el olor que impregnaba sus ropas no le delatase. Desnudo como Adán se deslizaba sigilosamente hasta la madriguera, reptaba como una serpiente hasta que agarraba a las crías y luego las metía en su saco. Podía incluso pasar varios días esperando oculto e inmóvil en medio del bosque el parto de una loba y al menor descuido de ésta, le robaba los lobeznos para llevarlos al Ayuntamiento de Miraflores, porque para fomentar la persecución de los animales dañinos se ofrecían recompensas pecuniarias a los que acreditaban haberlos matado. Para cobrarla era necesario presentar los animales y luego, en el Consistorio, se les cortaba la cola y las orejas, remitiendolas al Gobierno Civil para que pudieran servir de comprobante. Antonio Robledo prefería cazar lobeznos porque por cada cachorrito se pagaba la mitad que por un lobo adulto macho y de un golpe, en una madriguera podía capturar con suerte hasta ocho lobatos, multiplicándose así rápidamente sus beneficios. En otras ocasiones antes de entregarlos al Alcalde recorría con sus trofeos las ferias de las poblaciones cercanas porque todo ganadero madrileño que se preciara no pasaba de largo sin dejar una propina a quien tanto contribuía a preservar la integridad de sus ganaderías. El lobero de Miraflores únicamente cazaba a lobos machos y a sus crías, dejando vivir a las lobas porque así podía capturar cada año una nueva camada. Este modo de operar le hizo tener localizadas a casi todas las lobas que merodeaban por los parajes cercanos. Conocía sus hábitos, sus madrigueras, sus gustos y sus marcas, por lo que incluso les ponía nombres como “La Pelada”, “La Brava”, “La Morena” o “La Saltarina”. Según documentos que obraban en los archivos de Miraflores, Antonio llegó a matar 219 lobos, cifra sólo superada por Carlos III que según el viajero Townshend cuando le conoció llevaba cazados y apuntados en una libreta la friolera de 1.118 lobos. Su popularidad entre los ganaderos y vecinos de la comarca era inmensa, tanto por ser un excepcional cazador de alimañas que, con riesgo de su vida reportaba inmensos beneficios a la ganadería de la provincia, como por hacerlo sin descuidar sus obligaciones. Por ello y para evitar que un hombre tan singular y beneficioso tuviera que ir implorando de puerta en puerta la caridad, los pueblos de Miraflores, Colmenar Viejo, Chozas y Bustarviejo pidieron a la Diputación Provincial de Madrid que se le diera un premio, concediéndole una pensión vitalicia de ochenta céntimos diarios como pago por su trabajo de lobero, oficio que desempeñó hasta su muerte acaecida el 29 de enero de 1893. Si algún día visitamos Miraflores, al salir del pueblo en dirección al Puerto de la Morcuera, camino de Rascafría, nos encontraremos con una fuente dedicada al personaje más famoso en Miraflores durante el siglo XIX: Antonio Robledo Palomino, apodado "El Tío Francachela" o “El Lobero de Miraflores”.
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