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Hemeroteca :: 03/04/2009
Historia
 | | (Ilustracion: Borja Balduque Puig) |
Por Antonio Balduque Álvarez
Última actualización 01/04/2009@13:13:41 GMT+1
Todos los apellidos en español significan algo, no son meros sonidos, pero por desgracia muchos son ahora incomprensibles al haber perdido su significado a través de los siglos. Este artículo pretende rescatar del olvido algunos apellidos que han tenido su origen en uno de los animales más temidos por el hombre: EL LOBO. Evolución histórica del apellido El diccionario de la Real Academia define el término “apellido” como el nombre de familia con que se distinguen las personas, procedente del latín appellare que significaba llamar, nombrar o designar. Desde la más remota antigüedad el hombre ha sentido la necesidad de diferenciarse del resto de los de su especie, por lo que utilizaban nombres que representasen alguna idea que se asociara a la persona. Los griegos usaban nombres sencillos y armónicos, los romanos austeros y reflejo de las virtudes cívicas, pero con las invasiones bárbaras se imponen los nombres germánicos nacidos de ideas guerreras como Hardmann (hombre duro) o Gisbert (flecha ilustre). La España romana aceptó nombres bárbaros como Rodrigo o Hermesenda, aunque se continuaron usando otros típicamente latinos como Mario o Juliano, pero con la llegada de los musulmanes la diversidad fue mayor al incluirse otros procedencia árabe como Zalama, Muza o Ismael. Los apellidos, tal y como los conocemos actualmente, no existían, siendo identificadas las personas únicamente por su nombre de pila. Con el paso de los años éstos nombres griegos, germánicos, latinos o árabes, no fueron suficientes para designar a la población, llegando a producirse gran confusión al tener varias personas nombres idénticos. La repetición de los mismos nombres en una misma localidad motivó la creación de nuevas denominaciones que evitaran confusiones, por lo que durante el S. IX se empieza a utilizar el “apellido”, elemento que se añadía al nombre para caracterizar a las personas y diferenciarlas de las demás. Así junto al nombre de pila se colocó el nombre del padre en forma genitiva precedido del vocablo filius (hijo), como Flavius filius Petri (Flavio hijo de Pedro). Esta forma de apellido se conoce como patronímica, por derivar del nombre del padre, y cada nación creó su forma particular. Las de origen teutón añadieron al nombre del padre una palabra equivalente a hijo: Petersohn en alemán, Peterson en inglés y Petersen en danés. Los normandos introdujeron en Inglaterra el fitz (filius) (Fitzpatrick) que en Escocia se transformó por Mac -como por ejemplo Mac-Chrohon (hijo de Chrohon), o por O'- en Irlanda donde se aparecieron los O´Donnell (hijo de Donnell). En las lenguas eslavas se añadieron otras partículas finales con el mismo significado de “hijo de”: ov en Rusia como Mijailov, -sky en Polonia como Kandisky, y –vich en Yugoslavia como Petrovich. En España se utilizó la terminación –ez, - z o –iz, por lo que si una persona se llamaba Juan y su padre Fernando, se le empezó a conocer como Juan Fernández (Juan hijo de Fernando), siendo usado este sistema desde el S. XIII para heredar el apellido. En ocasiones incluso este sistema no era el más eficaz, por lo que durante el S. XIII se recurrió también a los motes o apodos para designar a ciertos individuos por tener unas características especiales muy marcadas y que se podía tomar de un defecto físico (Juan el cojo), de una virtud (Adolfo el Santo), del estado (Antonio el casado, Pedro viudo), del cargo (Jesús Alcalde) o del oficio (Marcos el herrero). Si no había señal personal ni circunstancia particular se acudía al lugar donde había nacido o vivido: Pedro Madrid, Alfonso Gallego o Domingo Toledo. Será entre los S. XIII y XIV cuando se hizo extensiva la costumbre de hacer hereditario el apellido, sobre todo a los efectos de la documentación notarial para poder así transmitir las posesiones de un individuo a sus sucesores. Pero la consolidación de los apellidos hereditarios se producirá, sin ninguna duda, durante el S. XV, al hacerse obligatorio, por orden del Cardenal Cisneros, reflejar en los libros parroquiales los nacimientos y defunciones. Pero esto no nos puede hacer pensar que todo el mundo usaba el apellido hereditario, ya que durante siglos y hasta el S. XIX existió una libertad completa en la adopción del apellido, por lo que una persona podía registrarse en los libros parroquiales con el apellido que más le gustara. La norma que reguló el uso de los apellidos no apareció hasta el año 1870, fecha en que se creó el Registro Civil por necesitar el Estado una identificación de los individuos con vistas a la recaudación de impuestos y el alistamiento para el servicio militar. En ese año se obligó a los españoles a optar por un apellido que sería desde ese momento, y para siempre, el de sus descendientes.
Los apellidos procedentes de animales La costumbre de designar a los hombres con nombres de animales es remota, así lo hacían los hebreos al utilizar la palabra “Raquel” que significaba oveja, los romanos con “Taurus” o “Verres”, o en la Edad Madia con términos como “Gallo”, “Grulla” o “Merlo”. Estos apodos pudieron derivarse de la crianza de esa especie por parte de un individuo, de alguna anécdota relacionada con el animal, de su similitud física o porque se dedicara a su caza, como el apellido Pellejero usado para designar a los cazadores de zorros que comerciaban con sus pieles, o Perdiguero para los cazadores de perdices. En otras ocasiones ha sido la fidelidad, obediencia o gratitud del animal la que ha servido de referencia para apodar a ciertas personas, siendo el perro el que nos da mejores ejemplos, estando documentado en España el apellido Perro desde el año 1048. Como el término perro es muy genérico, las diversas razas caninas han prestado sus nombres para apodar a ciertos individuos que poseían unas características parecidas; al que ponían el mote de Pachón era por su de pesadez e indolencia, o el de Lebrel por su agilidad y ligereza. Pero no sólo las razas caninas han creado sobrenombres, dándose en ocasiones apellidos tan curiosos como Carranza que se origina en un antiguo apodo castellano que servía para designar el collar ancho, fuerte y erizado de puntas de hierro que preservaba a los mastines de las mordeduras de los lobos.
El lobo El lobo, por sus instintos y hábitos, ha sido un animal temido y admirado por muchas culturas, motivo por el cual su nombre ha sido el más utilizado, tanto en lenguas antiguas como modernas, para asignárselo a los recién nacidos con la idea de que éstos recibieran los rasgos más notables del animal. Buen ejemplo de ello lo tenemos en “Adolfo”, que proviene del germánico Athal, “noble”, y “wulf, “lobo”. En España este apellido procede en la mayoría de los casos del nombre personal latino Lupus “lobo”, nombre tan común que hasta los santos, como San Lupo, lo han llevado, no siendo tan extraño encontrar en Castilla personas así conocidas, como lo demuestra un documento de 1173 en el que aparece un personaje denominado Don Lobo. El nombre latino Lupus con el paso de los años se transformó en Lope, que a su vez formó el patronímico López con el significado ya visto de “hijo de Lope”, siendo en la actualidad este apellido tan habitual que ha llegado a ser el cuarto más común en toda España. Otros apellidos derivados de Lupus son: Lobe, Lobillo, Lobón o incluso Lobatón, que significaba ladrón de ovejas. No podemos olvidarnos del vasco Ochoa, uno de los apellidos vascuences más extendidos por toda la península y que procede de otso-a (lobo), o el catalán Llop (lobo) que deriva en el patronímico Llopis (hijo de Llop/hijo de lobo) muy habitual en Cataluña y Valencia, o sus variantes como Llopes, Llópez o Lopis. En otros casos el nombre castellano Lope se ha unido a sufijos euskeras como –tegi o –rena (casa) para formar los apellidos Lopetegui y Loperena cuya traducción aproximada podría ser “la casa del lobo”.
Bibliografía: Diccionario de apellidos españoles. R. Faure, Mª A. Ribes y A. García. Apellidos Castellanos. J. Godoy Alcántara.Ensayo histórico sobre los apellidos castellanos. A. Ríos y Ríos. Apellidos de Alcaudete. A. Balduque y A. Pajares.Génesis y evolución histórica del apellido en España. J. De Salazar y Acha. Usos heráldicos en Navarra. Esperanza Ochoa de Olza-Mikel Ramos.
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El Lobo y los apellidos
Últimos comentarios de los lectores (1)
147 | LOBO - 29/12/2009 @ 09:05:43 (GMT+1)
MUY COMPLETO E ILUSTRATIVO;CONCISO EN POCAS PALABRAS EXCELENTE
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