Durante mil años, desde la fundación musulmana en el S. IX hasta mediados del S. XIX, el único sistema que utilizó Madrid para abastecerse de agua fue el conocido como los “viajes de agua”. Este sistema consistía en localizar zonas con bolsas de agua en parajes más altos y alejados de la población, abrir pozos para recogela y unirlos mediante galerías subterráneas, construidas generalmente de ladrillo, en cuyo suelo se hacía una canalización de barro por la que se hacía llegar hasta el mismo centro de Madrid. Cuando Felipe II decide en 1561 establecer su Corte en Madrid, la población no alcanzaba las 15.000 almas y los viajes de agua proporcionaban unos 3 litros por habitante y día. La capitalidad hizo que la población se multiplicara por cuatro en cuarenta años llegándose casi a los 90.000 a finales del siglo XVI, por lo que Felipe III tuvo que ampliar urgentemente los viajes de agua existentes si no quería que sus súbditos murieran de sed.
Como la expansión demográfica no cesaba, en 1625 se levantó una cerca para frenar el crecimiento espacial de la ciudad, pero lo único que se consiguió fue amontonar en una extensión reducida a una población que no cesaba de crecer. Según se expandía la población el agua se volvía cada vez más escasa, y la carencia de abastecimiento hídrico llegó a ser tan agónica a finales del siglo XVIII que Carlos IV (del que su padre, Carlos III, decía: “hijo mío eres tonto”), no se le ocurrió otra idea que exclamar ante la presión popular que pedía más agua: “¿Y qué quieren que haga? Un rey no está en el trono para hacer milagros”. Pero al alcanzarse en 1850 las 221.000 almas, el Estado tuvo tal problema que si no se buscaba una solución se tendría que pensar en encontrar otra capital porque en ésta los madrileños se iban a morir de sed. El problema se resolvió mediante la construcción de una enorme presa en el Pontón de la Oliva y un canal que partiendo del citado Pontón y pasando por las cercanías de Torrelaguna, Redueña, El Molar,
San Agustín de Guadalix, San Sebastián de los Reyes, Alcobendas y Chamartín, llevaría, tras 70 kilómetros de recorrido, el agua desde el río Lozoya hasta la Capital. Al canal se le puso el nombre de la reina Isabel II, y la mayoría de los obreros que realizaron tan faraónica obra fueron presidiarios, por lo que con este artículo pretendemos rescatar del olvido a esa ingente población carcelaria sin cuyo trabajo, esfuerzo y sufrimiento, no hubiera sido posible que los madrileños saciaran su sed.
Desde la década de 1820 surgieron diversos trabajos que intentaban buscar soluciones al agónico problema del abastecimiento de agua, teniendo todos ellos un nexo común: la sustitución del sistema tradicional de los viajes de agua por la captación de las aguas superficiales, ya fuera de ríos o arroyos. En esta línea Bravo Murillo, como ministro de Obras Públicas, encarga en marzo de 1848 que una comisión busque la solución a tan peliagudo problema. El 15 de diciembre de 1848 los ingenieros D. Juan Rafo y D. Juan Ribera presentaron su proyecto que consistía en construir un canal que desde el río Lozoya abasteciera de agua a Madrid. Los ingenieros comprobaron que las aguas bajas del río Lozoya en la zona del Pontón de la Oliva estaban 26,46 metros más altas que el umbral de la puerta de Santa Bárbara en Madrid, por lo que el agua podía llegar hasta la capital simplemente por la acción de la gravedad. Además, para que el abastecimiento fuera perfecto, se consideró como indispensable construir una presa de contención en el Pontón de la Oliva con el fin de levantar las aguas a una altura mayor de lo que estaba la capital para que así llegara el líquido únicamente por presión hasta los edificios situados en la parte más alta de Madrid. La zona del Pontón de la Oliva también fue la escogida porque allí el río Lozoya se encajonaba de tal manera que se creaba casi de forma natural una presa, y además porque el suelo era de roca caliza compacta lo que en teoría sería suficiente para evitar filtraciones subterráneas. Hubo intentos para que el Ayuntamiento, o alguna empresa concesionaria, realizara las obras, pero fue Bravo Murillo el que impidió que el proyecto cayera en el olvido, y así, cuando llegó a Presidente del Consejo de Ministros y Ministro de Hacienda, consiguió que el Gobierno se hiciera cargo publicando el 18 de junio de 1851 un Real Decreto para ejecutar las obras, encomendando su dirección facultativa y económica al ingeniero director D. José García Otero y a los subalternos D. Lucio del Valle, D. Juan de Ribera, D. Eugenio Barrón y D. Constantino de Ardanaz. Para que los trabajos pudieran llevarse a efecto se creó también una empresa con su correspondiente Consejo de Administración que se denominó “Canal de Isabel II” y en la que Isabel II aportaba cuatro millones de reales, el Ayuntamiento dieciséis millones y el resto de fondos se repartían entre miembros de la familia real, nobles, burgueses e inversores privados madrileños. Por fin el 11 de agosto de 1851, S.M. el rey consorte D. Francisco de Asís en nombre de la reina, a la que los médicos habían aconsejado reposo debido a su embarazo, colocó la primera piedra dándose por inaugurada las obras.
Los presidiarios, una magnífica mano de obraCuando se puso en marcha la construcción del canal se observó que en España no existía una mano de obra suficientemente especializada como para realizar unas obras de tal envergadura, por lo que se decidió utilizar a presidiarios para levantar las infraestructuras más costosas. Desde principios del siglo XIX existía un acuerdo general sobre los beneficios que tenía el trabajo en los presos, considerando que la actividad laboral podía aplacar sus pasiones, vicios y desórdenes tanto de alma como de corazón, tomándose también conciencia de que era más útil que los presos compensaran a la sociedad mediante su trabajo que tenerles en mugrientas mazmorras o ajusticiados en horcas y picotas. Desde la Ordenanza de Presidios de 1834 ya se había establecido que los presos pudieran trabajar fuera de los penales en la construcción o reparación de caminos, canales, arsenales u otras empresas que se establecieran. Presidiarios fueron los que construyeron el Canal de Castilla, la carretera de las Portillas en Vigo, la carretera de Málaga a Motril, la de Jaén a Bailén, el Camino de Francia o la carretera de las Cabrillas en Valencia. Lucio del Valle fue el ingeniero que construyó esta última vía valenciana, por lo que al encargarle las obras de abastecimiento de agua a Madrid no dudó en proponer la utilización de éstos en las obras del Canal de Isabel II, pues a él le habían dado unos rendimientos inmejorables. Había detractores del uso de los presidiarios en las obras públicas pues no sólo pensaban que la construcción de presidios para alojarlos durante los trabajos encarecían el presupuesto, sino que creían firmemente que los presos eran menos útiles porque tenían que trabajar encadenados, era obligatorio que regresaran al presidio antes de la caída del sol y porque no todos los presidiarios tenían igual robustez y fuerza física. Aunque estas afirmaciones podían tener su fundamento en trabajos poco complejos que requerían escasos hombres, en las obras que exigían muchos brazos y mucho tiempo los confinados se hicieron imprescindibles porque con ellos se mantenía un necesario orden, se tenía mano de obra constante durante todas las épocas del año y sobre todo porque como los confinados cumplían más de dos años de condena, llegaban a adquirir tal maestría en sus trabajos que era imposible que fueran igualados por los obreros que solían permanecer en las obras sólo unos pocos meses por término medio. Los que llegaban al presidio tenían una condena media entre dos y ocho años, y sólo a ellos se les podía enviar a realizar obras públicas, porque a los que cometían delitos cuya condena no pasaba de los dos años se les mandaba a los depósitos correccionales provinciales para hacer tareas dentro de la ciudad, y aquellos cuyas penas pasaban de ochos eran enviados a Ceuta, Melilla, al Peñón de la Gomera o a las islas Chafarinas y Alhucemas, para que se dedicaran a la fortificación y mantenimiento de esas plazas extrapeninsulares.
Llegan los primeros prisionerosDon Juan Bravo Murillo, como Presidente del Consejo de Ministros, da orden el 9 de agosto de 1851 al Ministro de Comercio, Instrucción y Obras públicas para que se establezca un presidio en las inmediaciones del Pontón de la Oliva con una fuerza de dos mil hombres. Los primeros cuatrocientos confinados que llegan al Pontón procedían del presidio de las Cabrillas (Valencia), siendo elegidos por su maestría en “trabajos especiales como carpintería, herrería y demás”. Al comandante de las Cabrillas le ordenan que se ponga al frente de tan abultado número de presidiarios y, escoltados por una fuerza militar, parta a las cuatro de la madrugada del 29 de septiembre para así evitar que las familias de los confinados, parientes o curiosos se agolpasen en el momento de la salida y se produjeran altercados. La tarea no debió ser nada fácil pues
tenían que llegar hasta Madrid andando, cargados con grilletes y atados unos a otros formando lo que desde hacía siglos se conocía como una “cuerda de presos”. Como no había instalaciones intermedias que permitieran dar de comer a tan numeroso contingente, se tuvieron que construir cuatro grandes marmitas donde cocinar sobre la marcha el rancho de los confinados. La distancia entre ambos presidios era de 285,5 Km., que se tenía que realizar obligatoriamente en doce jornadas, por lo que se realizaba una media de veinticuatro kilómetros al día, no siendo muy difícil imaginarnos el sufrimiento que significó ese traslado. El 6 de diciembre se ordena nuevamente que partan de Las Cabrillas otro contingente de cuatrocientos penados, por lo que a finales de 1851 el presidio del Pontón llegó a tener 800 hombres alojados. Durante 1852 el número se amplía con nuevos contingentes: 600 que en marzo vienen desde Madrid, Murcia, Zaragoza, Toledo y Valencia; en junio otros 500 procedentes de Zaragoza y Valencia; y a finales de año se alcanza, con la llegada de cien prisioneros procedentes del penal de Alcalá de Henares, la cifra tope de los 2.000. Para el establecimiento del presidio se construyó en lo alto de la ladera del Pontón de la Oliva, en el paraje conocido como la Granja de la Oliva, una gran caserna de una sola planta en la que se albergaban los talleres, almacenes, dependencias y las cuadras-dormitorio donde descansaban los confinados. En las inmediaciones se restauró una ermita para establecer allí la capilla, y en el pueblo de Uceda se habilitó un edificio para alojar a tres brigadas (300 prisioneros) e instalar la enfermería del presidio.
Cabo de varasEl presidio del Canal de Isabel II, que era como se conocía oficialmente, lo mandaba un comandante auxiliado por dos ayudantes, un médico, un capellán y un furrier. El comandante era el encargado de la custodia y orden en el interior, mientras que el ingeniero del canal era el responsable de los presos mientras estaban realizando trabajos fuera del presidio. Cada cien presidiarios se agrupaban en una brigada al mando de un capataz que solía ser un sargento o cabo 1º retirado del Ejército o la Armada, y cada veinticinco hombres formaban una escuadra al mando de un cabo de varas. Este cabo recibía tal denominación porque portaba como signo de autoridad y castigo una vara sin labrar del grueso del dedo índice con la que golpeaba a los penados que tenían un comportamiento no reglamentario. Los cabos de varas, como mandos directos de los presidiarios, eran elegidos entre ellos por su buen comportamiento y tenían como misión acompañar y vigilar a sus compañeros reclusos en los trabajos, así como vigilar el orden y limpieza de las cuadras donde se alojaban. Para ello dormían a la entrada de las cuadras donde estaban el resto de sus compañeros reclusos, pero separados por medio de una reja que impedía que por la noche fueran atacados. Todos los reos les debían obediencia y era tanto su poder y su ascendencia sobre los presidiarios que una sola palabra suya era suficiente para iniciar o finalizar un motín, pero lógicamente estaban más próximos al mando que a sus compañeros porque si desarrollaban sus cometidos con satisfacción el comandante les podía proponer para una rebaja del tiempo de condena.
Presidiarios encadenadosMuchos de los artículos de la Ordenanza General de los Presidios del Reino de 1834 que trataban sobre las sanciones impuestas a los presidiarios, estuvieron vigentes hasta casi finales del S. XIX. El confinado díscolo e indisciplinado podía ser castigado a recibir los golpes de la vara de su cabo, a la incomunicación absoluta en una celdilla de 2 metros de ancho y 3 metros de altura, a la privación del rancho, a la asignación de otro trabajo más penoso o a la mordaza, argolla de hierro que se situaba en medio del patio del presidio y que se colocaba en el cuello de los confinados que decían blasfemias o hacían gestos obscenos. Para agravar los sufrimientos todos los presidiarios debían llevar constantemente una cadena de hierro compuesta de diverso número de eslabones. Los que tenían una pena de dos a cuatro años llevaban una de cuatro eslabones de hierro que pesaba 2,7 Kg. y que iba desde el pie, donde se enganchaba a un grillete, hasta la cintura. La cadena de los confinados con seis años de pena también tenía cuatro eslabones pero pesaba 3,6 Kg. llegándose hasta los 7,3 Kg. para los que alcanzaban los ocho años de condena. Según el presidiario iba cumpliendo su condena así se iba disminuyendo el peso de su cadena hasta su total alivio el día que cumplía la pena. Para evitar fugas los cabos de varas inspeccionaban dos veces al día las cadenas, grilletes, ramales y demás hierros, y como medida de seguridad añadida cuando salían a trabajar fuera del presidio tanto en las obras del Pontón como del Canal, tenían que ir atados en parejas, lo que dificultaba enormemente los movimientos a la hora de trabajar. Para que las obras no se resintieran y los confinados pudieran trabajar con mayor comodidad y con menos sufrimiento, el ingeniero Lucio del Valle les iba concediendo premios en forma de pan blanco, vino, aguardiente, carne o cigarros y otro tipo de mejoras como la de sustituir la cadena que
debían llevar en señal de su pena por “un ramalito de hierro colgado en un pie y que les deja trabajar con mucho más desahogo que la antigua cadena, reservada ahora sólo para castigo”.
Cubos que rezuman orines
y excrementosCuando el confiado entraba en el presidio del Canal de Isabel II se le hacía un reconocimiento tanto de su persona como de su ropa, se le filiaba y destinaba a una brigada. El capataz de esa brigada ordenaba que se le afeitara, cortara el pelo y patillas, y acudiera al almacén de vestuario donde se le daba un petate y el vestuario compuesto de chaqueta y pantalón de color pardo, gorro de paño, dos camisas y unas alpargatas, teniendo que entregar sus miserables ropas excepto la camisa cuyo uso se consentía hasta que echa jirones se la tenía que cambiar por la reglamentaria. Como la ropa entregada tenía una vida reglamentaria, cuando el preso la destrozaba por el uso y el trabajo, o se ponía la que había traído al ingresar o quedaba en la más precaria desnudez. El ejemplo lo tenemos en los presidiarios que estaban construyendo la carretera de Vigo que en el duro invierno de 1853 la mayoría de los quinientos reos o no tenían camisa o ésta se encontraba tan vieja que ya simplemente le quedaban unos pocos pingajos con los que taparse de la nieve, el agua o el frío. En muchas otras ocasiones la desnudez del reo procedía de la falta de dinero de la administración que hacía imposible la reposición del vestuario. Una vez provistos de su equipo los reclusos del Canal eran conducidos a la cuadra-dormitorio, lugar donde vivirían hacinados y que era simplemente una nave donde la ventilación era escasa y las necesidades fisiológicas se tenían que realizar por las noches en el denominado zambullo, que no era otra cosa que un cubo de madera colocado en un extremo de la cuadra que por el uso rezumaban orines y excrementos sobre un suelo de tierra que era difícil de limpiar, por lo que los presos vivían rodeados de una atmósfera corrompida de miasmas, sudores corporales y defecaciones. En el otro extremo de la nave se situaba un cubo con agua potable para que todos pudieran beber.
El patio: corazón del presidio
El hacinamiento provocaba no sólo olores nauseabundos sino también la proliferación de todo tipo de parásitos que anidaban tanto en el cuerpo de los presidiarios como en las paredes, por lo que en muchas ocasiones para eliminarlos no era suficiente blanquear sino que se tenían que picar los muros para que salieran los bichejos de sus nidos. No existía mobiliario en el dormitorio por lo que al levantarse el presidiario tenía que introducir sus escasas pertenencias en un petate que ataban a una simple estaca clavada en la pared y luego salían al patio. Este recinto era vital para el presidio pues era multifuncional. En él se formaba, se hacían los recuentos, se pasaban las revistas, se comía, se ventilaban los petates, se usaba para asearse en grandes baldes llenos de agua o limpiar los utensilios y escudillas de las comidas, se rezaba el rosario por las noches y tumbados en su suelo se despiojaban o pasaban el escaso tiempo que tenían de descanso. Los restos de las comidas y el agua sucia vertida tras el lavado de cuerpos, ropas y utensilios, recubría el suelo formándose en la mayoría de las ocasiones un lodazal pestilente. Al no existir un espacio habilitado para recibir visitas, el patio también fue utilizado como zona de entrevistas familiares, estando previsto por el Reglamento de 1844 que fueran los domingos por la tarde el día asignado, pero sólo podían recibir visitas los reos que el comandante consideraba que habían tenido buen comportamiento y hubieran asistido a plática religiosa. En el patio se unían presidiarios y visitantes, y aunque las familias acudían con asiduidad, las prostitutas de la zona no olvidaban frecuentar las instalaciones siendo habituales las peleas y situaciones obscenas.
El domingo día de pagaSi había prostitución debía existir dinero. Pero ¿de dónde lo sacaban los confinados en el presidio del Canal? Para poder realizar las obras no sólo era necesaria la mano de obra, sino también que ésta tuviera los útiles y herramientas necesarias para su ejecución. El 1 de noviembre de 1857 se establecieron en el presidio cuatro talleres para que los propios confinados fabricaran todo tipo de objetos. Existía un taller de herrería que producía picos, palas, azadas o cadenas; uno de carpintería para los utensilios fabricados en madera como puertas, ventanas o mangos de herramientas; otro de espartería y cestería donde se tejían cestos de mimbre, cuerdas, espuertas e incluso las alpargatas de los presidiarios; y finalmente un taller de guarnicionería para la reparación de arreos y atalajes. Las herramientas que se realizaban en los talleres eran de tal calidad que tuvieron una mención en la exposición agrícola de 1857. Pues bien, por cada pieza fabricada el presidiario recibía un dinero que era señalado por la Junta económica de presidio y que se entregaba los domingos después de la misa. Toda sección que salía por la mañana del presido tenía que ir formada de a dos o de a cuatro, según el número de reclusos, en el mayor silencio, sin dejar distancia entre ellos y no permitiendo que se les aproximasen mujeres ni chiquillos, aunque fueran sus hijos. A las once y media todos los confinados hacían alto en las obras del canal, teniendo que regresar al presidio para comer el rancho. Finalizada la comida se les dejaba un corto espacio de tiempo para descansar, volviendo otra vez formados a reanudar los trabajos en los que permanecían hasta media hora antes de ponerse el sol, momento en el que tenían que replegarse nuevamente hacia el presidio. Al igual que los que trabajaban en los talleres, los domingos formaban en el patio para recibir por su esfuerzo un real diario, un real y medio si eran cabos de vara y dos para los capataces. Para sobrevivir a los penosos trabajos del canal el penado recibía diariamente 690 gramos de pan, y durante todo el año las siguientes monótonas raciones: los lunes judías con arroz, los martes garbanzos con bacalao, los miércoles arroz con bacalao, los jueves garbanzos con judías, los viernes arroz con patatas, los sábados judías con arroz y los domingos garbanzos con fideos.
El trabajo de los presidiariosEn los primeros meses los presidiarios se dedicaron al acopio de materiales, conducción de carruajes, fabricación de cal, construcción de caminos de servicio, explotación de canteras para sillería y mampostería y sobre todo a la fabricación de herramientas para los trabajos que iban a realizar en los meses siguientes, de ahí que desde octubre de 1851 hasta enero de 1852 sólo falleciera un presidiario y la causa fuera la disentería. El 2 de febrero de 1852 empezaron la excavación de las zanjas del canal y hasta abril no comenzaron las obras de fábrica, encargándose a los presos la realización de la presa y la parte más quebrada de las ásperas laderas de Patones. Para poder construir la presa del Pontón de la Oliva tuvieron primero que excavar a pico el lecho del río Lozoya hasta llegar a la roca caliza madre, que se encontraba a cinco metros de la superficie, sufriendo no sólo los rigores del clima y las humedades del río, sino también el tener que trabajar encadenados y acarrear sobre sus hombros en capazos de esparto los escombros que se iban sacando. Cuando extrajeron todo el material del río se pudo observar que la roca caliza no era compacta sino que tenía fisuras, por lo que se tuvieron que redoblar los esfuerzos hasta encontrar el siguiente banco de roca compacta. Para ello 800 presidiarios fueron puestos a picar pero según avanzaban en la excavación el agua manaba de tal forma por las filtraciones del río y por los manantiales que surgían, que se formaban gigantescas balsas de agua que tenían que ser vaciadas por los confinados a fuerza de cubos, y donde no eran suficientes los cubos se tuvieron que instalar algunas bombas de achique. Hasta el 25 de agosto no se encontró el banco de fundación, fecha en la que se empezaron a abrir cajas horizontales para recibir lo sillares de la presa. Durante ese año de 1852 fallecieron 39 presidiarios, muchos de ellos por enfermedades causadas por tener que trabajar la mayoría del tiempo sumergidos en el agua, como eran la disentería, gastroenteritis, embarazos gástricos, enterocolitis, pulmonía, neumonía o bronquitis. Durante 1853 las obras recibieron un fuerte impulso trabajando también los presidiarios en los muros de la ladera de Patones que alcanzaron en algunos puntos hasta los 17 metros, sufriendo cada vez más bajas llegándose al final de ese año a los 97 confinados muertos.
Al prisionero le abrasan las fiebresEl paludismo, más conocido en esos años como fiebres intermitentes porque aparecían y desaparecían por intervalos más o menos largos, era el azote de las personas que como los confinados del presidio del Canal de Isabel II tenían que trabajar con unas malas condiciones higiénicas y en las inmediaciones de los sitios pantanosos o en los desmontes de terrenos. Estas fiebres se acompañaban de procesos gástricos (lo que ellos denominaban embarazo gástrico), anemias, hidropesías y sobre todo de alteraciones en el bazo, órgano que aumenta increíblemente de tamaño y que se volvía hipersensible. Lo común era que el prisionero comenzara su malestar con unas simples fiebres intermitentes de tipo terciana, escalofríos y calentura que se repetían cada tres días, para pasar aproximadamente a los ocho días a cuartanas. Aproximadamente al mes de iniciar su enfermedad las crisis febriles podían durarle al infeliz prisionero hasta ocho horas de sufrimientos, y entre crisis y crisis al enfermo se le tornaba la lengua blanquecina, su boca amargaba como la hiel, el dolor abdominal se le hacía insufrible, el bazo se le inflamaba y las diarreas le debilitaban y le doblaban por su intensidad. Para tratar estas fiebres intermitentes se solía usar la quinina con carbonato de hierro, el tártaro emético así como mejorar la alimentación y aumentar la ración diaria de vino. Como vemos las condiciones de vida del presidiario eran penosas pero aun así trabajaban, según palabras del ingeniero director del canal “con laboriosidad y entusiasmo hasta en las maniobras más penosas y arriesgadas”. Pero ¿por qué se esforzaban tanto si podían hacer lo justo o incluso boicotear las obras? Porque el ingeniero del Canal sabía que la única forma de implicar al penado en las obras era ofrecerle una rebaja considerable en su condena si daba muestras de laboriosidad y buena conducta, de ahí que cuando Isabel II visitó el Pontón de la Oliva no dudó en informarla de los grandes servicios que prestaban, implorando clemencia en favor de estos desgraciados. Ante esta petición el 26 de noviembre de 1852 se concedió por Real Orden la libertad a los cien confinados que por su conducta y trabajo se habían hecho acreedores a tan Real privilegio, y además, desde ese día y cada seis meses, se propondría al Ministerio de Gracia y Justicia la libertad de los cincuenta presos que más se hubieran destacado durante esos meses y que tuvieran cumplida más de la mitad de su condena; y si esto fuera poco, al finalizar las obras se daría también una rebaja general de la cuarta parte de la condena..
233 muertos en un añoEn 1854 los confinados sufriendo grandes penalidades pudieron subir el muro de la presa hasta los 14 metros de altura, prueba de ello la tenemos en los 233 presidiarios que se dejaron la vida entre las piedras y los lodos del canal, siendo éste el año con más fallecidos de toda la historia del presidio, influyendo también en el elevado número de bajas una epidemia de cólera que diezmó a los confinados y las lluvias torrenciales que desde el mes de septiembre apenas cesaron un solo día, convirtiendo los campos en lagunas y a los presos en esponjas. Para agravar la situación en octubre de ese año y a escasos metros de la presa, apareció una gran fuente que brotaba de entre las grietas de una peña caliza producto de las filtraciones del interior del Pontón, teniendo los presidiarios que trabajar muy duro para disminuir el caudal. Aunque los esfuerzos de presidio eran encomiables, los recursos económicos empezaron a escasear de tal manera que en diciembre de ese año se tuvieron que suspender los trabajos quedando paralizados hasta mediados de 1855. Aunque en teoría estuvo casi siete meses la obra a ralentí, 71 presidiarios murieron durante ese parón constructivo como consecuencia de las enfermedades que habían contraído meses atrás. Con la promulgación de la ley de 19 de junio de 1855 se le asignó al Canal nuevas partidas presupuestarias que dieron nueva vida y movimiento para llevar a buen término las obras. Tanto impulso recibió que el 29 de noviembre de 1855 se inauguró la primera mitad del canal, que comprendía desde el Pontón de la Oliva hasta el río Guadalix, con un acto conmemorativo en el que se hizo formar a todos los presidiarios para anunciarles que por parte del Presidente del Consejo de Ministros y a propuesta del ingeniero director del Canal, se habían concedido nuevas rebajas en el tiempo de condena a favor de los presos que más se habían distinguido en los trabajos.
Filtraciones en la presaEn 1856 la mayoría de las brigadas del presidio fueron puestas a trabajar para solucionar las filtraciones que habían aparecido en octubre de 1854, significándose de tal manera los confinados por lo arriesgado y difícil de las obras que Isabel II no dudó en conceder indultos y rebajas a los presos que nuevamente más se habían distinguido. Al finalizar 1856 casi todas las obras presentaban un buen estado y la presa del Pontón de la Oliva ya podía considerarse terminada al faltar tan sólo una hilera de sillería para alcanzar la altura establecida. Al disminuir la intensidad de los trabajos los fallecidos también se redujeron hasta los 80. Durante 1857 volvieron a reaparecer las filtraciones a muy corta distancia de donde se habían cerrado el año anterior y a pesar de los esfuerzos empleados por las brigadas presidiarias para contenerlas se llegó a formar un cauce subterráneo tan grande que prácticamente daba salida a casi todas las aguas del río Lozoya. Con objeto de cerrar esta nueva vía los presidiarios procedieron a excavar y dejar en seco la parte exterior de la presa, zona por donde brotaba el agua. Para conseguirlo se tuvo que abrir en el fondo de ese gigantesco cráter una mina de desagüe de más de mil metros de longitud y cuya boca de entrada estaba siete metros más baja que el fondo natural del río, pereciendo ese año
40 presidiarios.594 muertos para llevar el agua
a Madrid Con grandes peligros, pero a fuerza de perseverancia y tesón, los presidiarios fueron reduciendo las filtraciones durante el primer semestre de 1858. Tras siete años de trabajos, 594 presidiarios fallecidos, 70 kilómetros de conducciones, cinco sifones y casi treinta acueductos, el 24 de junio de 1858, en un acto presidido por la reina Isabel II, las aguas del río Lozoya llegaron finalmente a Madrid hasta remansarse en el primer depósito enterrado que se había construido en el Campo de Guardias. La lógica nos llevaría a pensar que con la llegada de las aguas a la capital el presidio cerraría sus puertas, pero no fue así, porque dos meses después del acto de la llegada de las aguas a la capital, las filtraciones en la presa del Pontón de la Oliva volvieron a reaparecer, por lo que ya no era posible llenar el embalse y por consiguiente hacer llegar las aguas del río a la altura de la solera del canal para conducirlas hasta Madrid. Los presidiarios continuaron trabajando para solucionar las nuevas filtraciones y para evitar el descrédito y que las aguas pudieran fluir hasta Madrid, se tuvieron que utilizar las aguas del río Guadalix, introduciéndolas en el canal por medio de un acueducto de derivación de 4 kilómetros. Pero aún con este nuevo aporte el caudal era insuficiente para abastecer Madrid, por lo que se tuvo que prolongar el Canal aguas arriba de la presa del Pontón hasta un punto en que pudiera tomarse directamente el agua del río Lozoya, haciendo así el Canal independiente de una presa que por causa de sus filtraciones era ya inservible. En escritos del 13 de octubre y 19 de diciembre de 1865, el Canal de Isabel II comunicaba al Director General de Obras Públicas que las filtraciones de la presa del Pontón ya estaba resueltas, por lo que S.M. la reina Isabel II el 20 de enero de 1866 dio orden de retirar a los confinados que aún quedaban en el presidio del Pontón de la Oliva, distribuyéndolos entre los distintos presidios del reino. Los confinados fueron partiendo poco a poco hasta que el 12 de febrero de 1867 salieron en cuerda de presos en dirección al presidio de Cartagena los últimos trescientos cuarenta que aún quedaban, fecha en que oficialmente se clausuró el presidio.
Todos revueltosLeyendo este artículo podríamos llevarnos la idea equivocada de que todos los presidiarios que trabajaron en las obras del Canal de Isabel II eran unos peligrosos delincuentes que merecían trabajos tan ímprobos por sus horrendos delitos. Nada más lejano a la realidad. En el presidio convivían hacinados los que habían cometido sedición o rebelión con los que cumplían condena por un simple falso testimonio, un delito contra la religión o haber falsificado simplemente un pasaporte. En general en las cárceles de mediados del siglo XIX el penado pagaba más su miseria y su ignorancia que su maldad, tanto era así que el 75% de los procesados no tenían ningún tipo de instrucción y los que entraban inclinados salían, la mayoría de las veces, torcidos. En el presidio se mezclaban hombres tan distintos que el contacto diario con criminales maleaba a muchos que, ingresando ignorantes, salían ladrones, y el régimen de vida, los castigos, el trabajo y las vejaciones eran tan duros que muchos salían más perversos que cuando entraron, y si algo se aprendía dentro era la carrera del crimen, por lo que en opinión de muchos autores de la época los presidios fueron más escuelas del crimen que casas de corrección.
Nota:
Fotos de Charles Clifford tomadas de: Vistas de la Obra del Canal de Isabel II, Madrid, Canal de Isabel II, 1988). Agradecemos al Canal de Isabel II, a su Fundación y al Archivo su inestimable colaboración, así como a la Biblioteca de la Secretaría General de Instituciones Penitenciarias por las facilidades prestadas para la elaboración de este artículo.
Bibliografía:
- Archivo General del Ministerio de Fomento. Legajo nº 78. Obras Públicas IV/2.
- Alfonso, C. Agua para Madrid, Madrid, 2001.
- Canal de Isabel II. Memorias sobre el estado de las obras y situación económica de
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- Colección Legislativa de Presidios. Imprenta Nacional, Madrid, 1861.
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- Garrido, F. La España Contemporánea. Tomo II, Barcelona, 1867.
- Llorca Ortega, J. Cárceles, presidios y casas de corrección en la Valencia del XIX, Editorial Tirant lo Blanch, Valencia, 1992.
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