Misterio
Por
Borja Medina González
Última actualización 17/12/2009@17:23:56 GMT+1
En el año 2006 las denuncias de menores desaparecidos en nuestro país ascendieron a 1873, gracias a la eficiente actuación policial la mayoría de estas denuncias tienen una respuesta, a pesar de que actualmente hay más de 20 casos en España que no están cerrados, siendo el más antiguo de ellos el que ocupa estas páginas.
El dolor de una familia al ver desaparecer a un ser querido sólo es imaginable por quien lo sufre y ésta situación es más terrible si el desaparecido es un menor. No hay nada peor que desconocer el paradero de un hijo y creo que todos hemos sido partícipes de esta sensación si hemos seguido el caso de Marta del Castillo.
Los familiares sólo reclaman su derecho a poder enterrar a su pariente, vislumbrar sus restos y darles digna sepultura. Sea como fuere, cuando la situación y las circunstancias no son del todo claras, siempre se mantiene un rayo de esperanza.
Uno de los casos más dolorosos y extraños de la historia de las desapariciones en España es el acontecido en el norte de Madrid, en el puerto de Somosierra. Su protagonista es el pequeño Juan Pedro Martínez Gómez apodado desde aquel momento por los medios de comunicación como “el niño de Somosierra”.
Los hechos
Este caso nos sitúa en un lugar probablemente muy conocido para los lectores de
Página-1, el puerto de Somosierra. Este paso de montaña comunica la Comunidad de Madrid con la provincia de Segovia y alcanza una altura de casi 1.500 metros. Por marcar un hito histórico, fue aquí donde se libró en 1808 la famosa batalla entre el ejército francés y el español durante la Guerra de la Independencia.
Andrés Martínez Navarro, de 36 años y camionero de profesión tenía, aquella semana de junio de 1986, que entregar una carga en Bilbao. La vida de un transportista es muy dura, todos los días llevando mercancías de un lado a otro, lejos de casa y sobretodo de la familia.
Imaginamos que Andrés, casado con Carmen Gómez Legaz y padre de Juan Pedro, de tan sólo 10 años, propuso a su familia que lo acompañase a transportar aquella carga hasta tierras vascas y así, aprovechando que el pequeño había terminado la etapa escolar, pasar unos días en su compañía, disfrutar de unas “vacaciones”.
El camión que conducía Andrés era un Volvo F12 cargado con nada menos que 20.000 litros de ácido sulfúrico, un compuesto químico altamente corrosivo que si no se maneja con cuidado puede ser muy peligroso.
Así, el 25 de junio de 1986, la familia Martínez Gómez emprende la marcha a las 19.00 h. desde Las Canovas, al sureste de la región de Murcia. Viajan varios kilómetros hasta realizar la primera parada con el objeto de repostar en Venta del Olivo, cerca de Cieza, al norte de Murcia.
Andrés y su familia continúan el viaje hasta detenerse en la localidad de las Pedroñeras, en la provincia de Cuenca, alrededor de las 00.00 h. La noche transcurre con normalidad y el viaje esta resultando toda una aventura para el pequeño Juan Pedro. Se detienen de nuevo una vez alcanzan Madrid, concretamente en Los Ángeles, para cargar por última vez el camión y proseguir el viaje hacia el norte de la capital.
Su última parada, antes de producirse uno de los accidentes más controvertidos de la sierra madrileña, se realiza en el Mesón Aragón, situado en Cabanillas de la Sierra. Los integrantes de la familia Martínez Gómez se detienen al amanecer para desayunar por última vez. El que por aquel entonces era camarero del establecimiento, Felipe Alhambra, atendió a la familia, recordando a todos sus miembros, incluido Juan Pedro, cuando fue interrogado por la policía días después.
Tras tomar el desayuno los tres suben al camión, sin saber que será lo último que harán en su vida. Andrés toma la antigua Nacional-I Madrid-Irun y comienza a descender por el puerto de Somosierra.
En este punto comienza la información que nos ofrece el tacógrafo, un dispositivo electrónico que tiene una función similar a la caja negra de los aviones, registrando todo lo acontecido durante la conducción de un vehículo, y del que luego añadiremos más información que resultó de mucha utilidad a la policía para configurar las teorías.
El puerto de Somosierra, para los que no lo sepan, es una zona peligrosa en el que los coches deben ir con cuidado, respetando la velocidad y tomando correctamente las curvas. Pese a esto el Volvo F12 de Andrés Martínez se precipitó con absoluta temerosidad por aquellas carreteras, a nada menos que 140 km/h.
Lo que era inevitable, ocurrió. A las 06.40, en el punto kilométrico 94.400 de la N-I, el camión de la familia Martínez Gómez cargado de ácido sulfúrico se sale de la carretera.
El enorme vehículo intenta adelantar en aquella carretera de doble sentido justo cuando se percata de que otro camión ocupa el carril por el que circula. El F12 se incorpora de nuevo a su carril pero Andrés, según explicaron después los testigos a la policía, no pudo evitar derrapar y chocar contra otro vehículo de gran envergadura. Posteriormente se sale de la calzada e impacta con los vehículos que circulaban justo detrás, el camionero pierde el control y se empotra brutalmente contra un árbol, abriéndose una enorme brecha en la cisterna y provocando un pequeño hongo corrosivo como consecuencia de la explosión.
Lo peor no había ni empezado. El tremendo accidente se había producido en el municipio de Robregordo, el líquido tóxico que contenía la cisterna empieza a desparramarse sobre las aguas del río Duraton. Aquello aumentó la catástrofe ya que el contacto del ácido con el agua causa una nube venenosa que impide a los primeros servicios de asistencia aproximarse hasta el lugar del accidente.
Aquel agradable viaje de verano que esperaba disfrutar la familia Martínez se tiñó de horror por oscuras razones que después intentaré destripar.
El primero en llegar al lugar donde se había producido el tremendo choque fue Juan García Torres, juez de paz de 20 años, enfrentándose a su temprana edad a aquella dantesca escena.
Con la máxima premura la Guardia Civil y los Bomberos se personan en el lugar del accidente. La primera decisión que se toma, ya que el problema más grave al que se enfrentaban era el ácido que estaba empezado a vertirse en el río provocando una serie de humos altamente tóxicos, es traer camiones con cal para cubrir la peligrosa sustancia y realizar una serie de pozas para evitar que se contamine de forma aún más grave el río Duraton.
El accidente es rápidamente primera plana en los noticiarios de la época. De esta manera los abuelos del pequeño Juan Pedro, en Las Canovas, se ponen rápidamente en contacto con las autoridades preguntando por su nieto. La policía esta totalmente desconcertada, efectivamente cuando pudieron acercarse hasta el lugar del accidente habían encontrado los cuerpos de Andrés y María, cuyos restos estaban afectados por el choque y el ácido, pero no había ni rastro del pequeño. ¿De verdad estaba en la cabina del camión con sus padres?
Lo primero que piensa la policía en aquellos momentos es que si podía estar en algún sitio era entre el amasijo de hierros en que se había convertido el habitáculo del camión.
Teorías e investigaciones
Ahora analizaré algunas de las líneas de investigación que siguió la policía o que se propusieron, ya que hay conspiración y misterio para rato.
La Guardia Civil buscó mucho y muy bien, centrada sobre todo en Juan Pedro. Las pistas conducían a que debía estar en aquel accidente pero los resultados no eran del todo concluyentes. Encontraron los restos de la suela de goma de una zapatilla que bien podría pertenecer al joven pero, aunque parezca raro, eso era todo, ni rastro de Juan Pedro.
Las autoridades dudaron pero en el momento de deshacer el camino que recorrió la familia Martínez se encontraron con el testimonio del ya mencionado camarero del mesón Aragón, Felipe Alhambra, que recordaba perfectamente haber atendido al alba a Andrés, a su mujer y al desaparecido Juan Pedro. El niño debía estar allí, ¿pero dónde?
La primera teoría fue plantear que Juan Pedro sí estaba en el camión pero que el ácido sulfúrico contenido en la cisterna y posteriormente derramado como consecuencia del choque había derretido el cuerpo del niño hasta hacerlo desaparecer. Las pruebas de la policía y de otros expertos determinaron que esto era del todo imposible, en aquel periodo de tiempo el cuerpo no podía haberse consumido hasta desaparecer total y absolutamente.
Otro punto extraño en toda esta historia nos lo ofrece el examen del tacógrafo que contenía el camión. Este aparato determinó que durante los 23 km del Puerto de Somosierra que recorrió Andrés Martínez, éste realizó 12 extrañas paradas.
¿Qué hizo durante estas detenciones? ¿Por qué las hacía? No se sabe pero se plantearon interesantes posibilidades. La primera apuntaba a que quizás Andrés traficaba con droga y aquellas paradas podían representar las distintas entregas. Llegó a encontrarse una sustancia blanca en la cabina pero nunca se demostró que fuese alguna suerte de estupefaciente.
También se planteó una especie de secuestro rápido similar a los ocurridos en Latino América en el que se llevaron al niño, posibilidad quizás compatible con el punto anterior.
La teoría más rara pero que no por ello vamos a desechar nos la ofrece el testimonio de varios testigos y algunos vecinos de la zona. Declararon que justo después de producirse el accidente, una furgoneta Nissan Vanette se aproximó hasta el lugar donde había colisionado el camión. De su interior salieron dos personas, de aspecto nórdico y ataviados con sendas batas blancas que sacaron una especie de bulto del vehículo accidentado. Después montaron en la furgoneta llevándose aquel “bulto” con ellos y tomaron la N-I a toda velocidad.
¿Quiénes eran esos individuos? Se ha dicho de todo, desde que eran traficantes de órganos hasta que eran extraterrestres. Ambas posibilidades son bastante estrambóticas pero a veces las historias son más ciertas cuanto más disparatadas parecen.
Juan Pedro y los niños que
nunca aparecieron
¿Dónde esta Juan Pedro? Por ahora sólo podemos decir: desaparecido.
Posteriormente al incidente varias personas informaron a la policía de haber visto un niño muy parecido a Juan Pedro en lugares tan dispares como la zona industrial de Bilbao o en Badajoz. En zonas cercanas al puerto de Somosierra, donde se produjo el accidente, algunos testigos dijeron ver un niño vestido de rojo parecido al desaparecido, caminando por la carretera.
Los datos sobre desaparecidos son espeluznantes. Más de 10.000 personas desaparecen cada año en España y aunque la mayoría de los casos se resuelven, muchos de ellos fatídicamente, otros se escapan de las manos de la policía.
La INTERPOL asegura que el 96 % de los casos son resueltos positivamente pero siempre hay un terrible 4 %. Juan Pedro representa uno de los casos de menores desaparecidos más antiguo de Europa.
Los sucesos nos llevan desde el apodado “niño pintor de Málaga”, David Guerrero Guevara, desaparecido el 6 de abril de 1987 con 13 años de edad y nunca encontrado, a la relativamente reciente de la pequeña Madeleine Mccann, desaparecida en Portugal el 3 mayo de 2007 con sólo 4 años.
Este artículo es un recuerdo a todos aquellos que desaparecen un día cualquiera sin dejar rastro y nunca más se sabe de ellos, a pesar de la esperanza inquebrantable de sus familias.
Hoy Juan Pedro Martínez Gómez tendría 34 años de edad. Hoy en cualquier lugar de España podría estar leyendo Pagina-1 y diciendo: “Esta es mi historia”.
Ojalá así sea, nunca debemos perder la esperanza.