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Viaje al Calor de Málaga a Malagón

Antonio Terán y Pando

Última actualización :: 02/07/2010 @ 09:47:05 (GMT+1)

Hace muchos años, siendo yo aún un adolescente, mi padre recibió en casa un paquetito envuelto en papel burdo color ala de mosca. Con la parsimonia que él gastaba, corto con cuidado el bramante que sujetaba la envoltura y una vez deshecha extrajo un libro.

Era, en apariencia un libro sin más, algo poco transcendente. Ni su encuadernación ni nada auguraba ningún acontecimiento inusual, sorprendente o impar.

Mi padre lo ojeó, desde la cercanía de sus gafas “de cerca” y con esa incomparable sonrisa que tenía, me dijo, con la voz áspera que el cáncer le robaba día a día:




El libro se titulaba “Viaje al calor”. En una de sus guardas una dedicatoria:
“Para Antonio Terán, hijo de Antonio Terán, calurosamente”.

Fue el primer libro que me dedicaron en mi vida.

Aún un poco indeciso, comencé a leer a salto de mata. Lo primero que me llamó la atención fueron las ilustraciones de Lorenzo Goñi, por aquel entonces -y por éste entonces- uno de mis dibujantes favoritos. Tan favorito que yo le imitaba en estilo y forma en mis primeros intentos de sentirme “artista”.

La trama es el diario de viaje de Enrique y su mujer entre Málaga y Malagón. Es decir, entre lo malo y lo peor, en este caso en relación a la canícula feroz del agosto hispano.

Sobre una BMW con “sidecar”, nuestros héroes recorren el camino entre ambas poblaciones, realizando las paradas con fonda necesarias.

Enrique desgrana la peripecia con tal gracia, tal simpatía y tanto conocimiento, que es imposible no sentirse un compañero sumamente divertido de la pareja protagonista.

Recuerdo un episodio absolutamente surreal.

En una fonda, nuestros protagonistas se sientan a la mesa para reponer fuerzas. Enfrente un zagal no deja de urgarse la nariz, depositando el producto de su minería en la suela de la alpargata.

Sobre la mesa un mantel de papel con el mapa político de España (con Ceuta, Melilla y Canarias metidas en un paralelepípedo anejo). Dos moscas, excitadísimas por el calor brutal, se dedican a copular, conocedoras de su breve existencia.

Enrique nos cuenta con maestría cómo al primer plato copulaban en Cuenca, al segundo ya lo habían hecho en Logroño y Lugo, a los postres en la línea onubense de Portugal, para acabar exhaustas sobre Alcázar de San Juan, a la hora del café.

El libro fue mi lectura de ese verano. Ese verano de terrible calor en tierras de L’Alfas del Pi. Acompañado por el ensordecedor pero amigable chirriar de las chicharras.

Entre los almendros y los naranjos, mi padre, observaba la realidad que le circundaba con ojo de entomólogo, otras veces de botánico, otras, las más, de animal herido por el rayo de la enfermedad silente que le llevó al sepulcro.

Ni siquiera bajo el “garrofer”, la sombra era bálsamo contra el calor. Los escorpiones abandonaban sus tumbas enloquecidos.

Yo, siempre sin perder de vista a mi padre, a veces leía una o dos páginas de “Viaje al calor” de Enrique Laborde, bajo el vaivén púrpura de las buganvillas. A veces observaba como los visillos se inflaban en algún balcón y despertaba a la voz de mi madre: ¡Antonio!... a lo que tenía inmediatamente que apostillar: “Antonio padre…”

Durante aquel estío, varios personajes célebres nos visitaron: los hermanos Amillo, mi tío Paco, El Ximo, El Lobo-eximio electricista y filósofo- Lluis Malló…

Según la vida venía, calurosamente, mi padre se alejaba, como desdibujado en la calima, como confundido entre el verde lujurioso del naranjal.

Yo, finalmente, presté el libro, haciendo hincapié en su alegría, su pulso y su erudición. El libro jamás ha vuelto.

Quien lo tenga, tiene el primer libro que me dedicaron en mi vida, que es como decir el único que realmente me han dedicado, toda vez que éramos dos en uno, eslabón doble de un estío cegador:

“Para Antonio Terán, hijo de Antonio Terán, calurosamente”.

Gracias Enrique Laborde, allá donde estés, por haberme colocado junto a mi padre en lo que fue su último destello de ilusión.

Hoy, cuando las estrellas de mi existencia declinan, premiado con la suntuosidad de un nuevo y definitivo amor, recuerdo con sinestesia, el bramido de los truenos y las lluvias torrenciales que jalonaban de vez en cuando mi particular viaje al calor.