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El Calor en el Cine

Celin Cebrián

Última actualización :: 01/07/2010 @ 18:54:47 (GMT+1)


El calor está en la mente. Hay filmes en los que ese calor salta desde la pantalla hasta las butacas y se apodera del espectador. No tiene por qué tratarse necesariamente del calor del erotismo. La imaginación puede sustituir cualquier sensación real.

Las altas temperaturas han sido para el cine el detonante de las emociones. Mientras en verano las salas de cine congelan a los espectadores con el aire acondicionado, el séptimo arte ha utilizado el calor en muchas ocasiones como un personaje más. Sin él, Marilyn Monroe nunca se habría refrescado encima del respiradero del metro para provocar su legendario levantamiento de faldas, en aquella  película que dirigió Billy Wilder en 1955 y en la que la rubia oxigenada decía con una sexy ingenuidad:— “Cuando hace calor, ¿sabe lo que hago? Guardo mi ropa interior en la nevera”.

El calor ha sido explotado como un extremo que desarrolla la animalidad, que abre los poros y deja escapar los sentimientos primitivos. Me viene a la memoria una secuencia de “La noche de San Lorenzo” de los hermanos Taviani. Uno de los chicos se acerca a la hija de doña Concheta, que se protege del calor asfixiante bajo la sombra de un árbol y le ofrece un trozo de sandía. Tras el primer bocado, el chico restriega la sandía por los pechos de la muchacha y, al compás del calor y el canto de las chicharras, el deseo se va apoderando de aquellos jóvenes cuerpos y hace que  el desenfreno llegue hasta las frías butacas, convertido en azúcar líquida. En 1981, Lawrence Kasdan debutó como director con una trama clásica inspirada en “Double Indemnity” pero echando mano de un erotismo enfermizo, devastador, entre Kathleen Turner y William Hurt, que, para romper el hielo en pleno verano, le dice a ella: —“puedes quedarte aquí conmigo si quieres, pero tienes que prometerme que no vas a hablar sobre el calor”. A lo que ella le contesta: —“Soy una mujer casada”. La conversación termina con un helado derramado sobre la blusa. Luego, en otra secuencia, vemos cómo echan cubiteras de hielo dentro de una bañera en la que hierve un deseo sexual que deriva hacia lo criminal.

Agua, calor y gritos
Cómo olvidar la secuencia de “La ley del deseo” de Almodóvar en la que Carmen Maura, en un verano madrileño, le reclamaba a gritos al trabajador de la contrata  que limpiaba aquella calle que la regase con la manguera: -“Esta noche no lo soporto. Riégueme, riégueme…”. O el ambiente sofocante que de siempre acompañó a toda la obra de Tenesse Williams, que, recalentada con la propia moralidad sureña de los Estados Unidos, transcurría por los raíles de la sexualidad reprimida. Sin embargo y por el contrario, luego estos corsés se derretían en los barrotes de una cama como sucede en “La gata sobre el tejado de cinc” (1958) o en los sudores tropicales de “La noche de la iguana”, que convirtió en destino turístico y de moda la playa de Puerto Vallarta, la misma en la que Ava Gardner se desquitaba del tormento de Richard Burton con dos jóvenes de la zona que bailaban al son de unas maracas.
“En el calor de la noche” (1967), en la que ni la oscuridad podía ocultar el carácter impositivo, racista y violento de aquel policía interpretado por Rod Steiger, los actores, en algunas secuencias, tuvieron que mascar hielo para que el vaho de sus bocas no interrumpiera la impresión de torridez, ya que  la película estaba ambientada en el verano de Mississippi pero fue rodada en otoño en Illinois. El calor asfixiante  potenció thrillers como El cabo del miedo (1962), en el que Robert Mitchum recreaba su salvajismo sin camiseta, y también puede producir sed de venganza, tal y como nos mostrara Sam Peckinpah en Traerme la cabeza de Alfredo García, en la que el camino hacia la venganza estaba regado por el sudor de un padre que persigue a quien deshonró a su hija. La aridez del oeste, estiraba la tensión. Hacia el mediodía, cuando el sol no producía ni una sombra, entonces llegaba el clímax y un achicharrante desenlace.

El color del calor
Podemos hablar del color del calor: azul, rojo, naranja… Los colores del calor ¡Alerta naranja!, se dice en los telediarios. El calor que derrite la taquilla y la deja muerta, uno de los enemigos del cine en época estival, a pesar de las terrazas o los cines de verano bajo el influjo de la luna. Hay menos estrenos, la gente se va de vacaciones… El verano pasa entre el calor y la nada. Luego se dice que el calor lo representa tomar un café (caliente, amargo, fuerte y espeso, c.a.f.é., y que según Alfonso Ussía se debe de tomar en cuatro o cinco sorbos). Sabemos, por definición, que toda imagen es polisémica, que está sujeta a múltiples interpretaciones. Pero siempre hay algo incontrolable en la forma de cómo se apropian los espectadores de esa imagen. Sí, sabemos que desierto es igual a calor y nieve a frío. Pero a veces tenemos que mostrar el frío para hablar del calor. Por ejemplo, ahora que está tan de moda lo del calentamiento climático y sus consecuencias, debemos atribuirlo fundamentalmente a los países ricos, que son los que lo han provocado, y sin embargo la mayoría están situados en zonas septentrionales. Una paradoja.

Luego también podemos hablar de formas o tipos de calor: el calor de las brasas (que, por cierto, es el título de una película dirigida por Santiago Lorenzo, a cuyo bautismo acudirán los grupos de invitados al calor del estreno, además de la prensa). Con el tiempo, ésta y otras películas serán las que veamos en la televisión  al calor del hogar. El calor también puede sugerirnos el infierno, el caos, algo volcánico, el pecado… O puede significar deseo, erotismo, decadencia… Y por supuesto, tranquilidad. Entonces decimos: calor mediterráneo. Y buscando algo parecido, en diciembre del año pasado, Leonardo Di Caprio y Bar Rafaela (su novia) le pusieron calor a su relación en las playas de la Riviera Maya. Otros optan por el calor del Índico, las Seychelles, la suave brisa que recorre las arenas blancas… Lo que sí es seguro es que el calor representa la cantidad de energía que un cuerpo transfiere a otro como consecuencia de una diferencia de temperatura entre ambos. Y que el calor del verano trae consigo playas, biquinis y cuerpos al sol, y cine de verano. Y que las fotos robadas son ya un clásico en las portadas de las revistas. El calor hace que todo el mundo se relaje y se desinhiba. ¿Y qué decir del calor de una amistad o de una madre? ¿O del calor de la palabra? ¿Y qué decir del calor de la cabina de proyección? Como resultado de esta última pregunta salió una magnífica cinta que fue “Cinema Paradiso”, de Giuseppe Tornatore, que viene a ser un compendio del cine en sí mismo, con el niño Totó, el pequeño monaguillo de aquel pueblecito de Sicilia, que un día descubre la magia (¿el calor?) del cine. Magnífica.

El calor lo producen los triángulos amorosos
Por otra parte, se dice que los hombres engañan más a las mujeres pero que éstas lo hacen mejor. Éste es el punto de partida de “Calor”, una comedia agridulce en la que hay momentos de tensión y otros de carcajadas. La historia se basa en tres personajes envueltos en un triángulo amoroso. Pero es más,  si repasamos la prensa, encontramos un montón de frases en las que calor se traduce por algo tórrido, excitante: “Penélope Cruz y su hermana vuelven a la palestra con un tórrido vídeo...”. “Angelina Jolie y Antonio Banderas protagonizan una tórrida historia en Pecado original…”. “Robert Pattinson y Nicole Kidman viven un tórrido romance…”. “Meryl Streep y Alec Baldwin, juntos en tórrido idilio en No es tan fácil…”, “Emma Suárez y Victoria Abril mantienen una tórrida relación en la película”…
El verano junto con los viajes en la pantalla servía para los despertares de la vida. Así tenemos: cómo hacerse mayor, abandonando la niñez, en un clásico y bonito filme como “Verano del 42”, en la que un niño descubre los encantos del sexo de la mano de Jennifer O´neil. Además tenemos “Los juncos salvajes”, “De repente el último verano”, “Amanecer” (de Murnau, primer Oscar de la historia), “Las bicicletas son para el verano”, y “Quemado por el sol”, de Niñita Milhalkov, una joya que ganó el Oscar en 1995 y que viene a ser una crítica descarnada anti-stalinista, ambientada en el verano del 36.

También durante el verano, las ciudades se hacen más protagonistas que nunca. Pero si queremos viajar sin salir de casa ahí tenemos películas como “Vacaciones en Roma”, “Un día en New York”, “La dama de Beirut”, “Cuando ruge la marabunta”, “Niágara”…, en la que una poderosa rubia compite en belleza con unas cataratas. Y si lo que nos apetecen son las aventuras en las que un remojón nos pueda costar la vida, pues sin lugar a dudas “Tiburón”.

También, si de sudar hablamos, el “cine negro” sudó la gota gorda. Nadie sudaba mejor ni con más glamour que los detectives y los policías. Robert Ryan junto a Nan Leslie en “Una mujer en la playa”, de Jean Rendir. Alain Delon en “A pleno sol”. Tampoco Brando se quedó atrás. El chico sudaba la camiseta allá por los cincuenta como la hace sudar la obra “Un tranvía llamado deseo” cada vez que se representa o se hace de ella un remake ¿y qué decir de Anita Ekberg cuando mitiga los calores en la noche romana dándose un glorioso baño en la Fontana de Trevi en el filme “La dolce vita” de Fellini?
No quisiera pasar por alto las películas “Calor y celos” de Javier Rebollo, “El calor de la luna”, “Luna caliente” de Vicente Aranda, “Danko: calor rojo” de Walter Hill, “El fin del romance” de Neil Jordan donde sube la temperatura, lo que llamaríamos el calor erótico, en una pasión adúltera con escenas de alto voltaje, “El lado oscuro del corazón”, y “Calor africano” en la que una expedición de reconocimiento encuentra un enorme diamante en la jungla y cada miembro del equipo hace planes diferentes para la joya.

Los filmes más significativos
No me gustan las listas, pero si hay que elegir… Comenzaría por  “Malena”, en la que una Mónica Belluci pasea por las callles de un pueblecito de la mano de Tornatore en un viaje iniciático y un joven protagonista vive sus primeras experiencias de amor, sexo, pasiones, recurriendo al viejo mito de iniciarse con una mujer madura y despampanante. O  la película considerada la segunda más erótica por toda la cinefilia y que no es otra que “El cartero siempre llama dos veces”, una fusión entre el placer culinario y el sexual, en la mesa de la cocina, con los protagonistas envueltos en harina, con las manos en la masa…, mientras la temperatura sube por las entrepiernas. En 1946 consiguió lo mismo o parecido “Gilda”, el mito erótico en blanco y negro, que provocó un gran revuelo en la España de Franco y muchos embarazos. Y “Casanova”, una película que nos lleva al siglo XVIII, a un mundo paralelo que habita el personaje, un vividor libidinoso, con ciertas dosis de barroquismo y sensualidad.

Y por fin y en otro apartado, porque el tema es bien distinto que todo lo expuesto hasta ahora, “Fahrenheit 451”, una película de ciencia-ficción dirigida por François Truffaut, estrenada en 1966 y basada en la novela de Ray Bradbury. La película nos sitúa en una sociedad futurista  donde la tarea de los bomberos es quemar libros (no apagar incendios), ya que, según el gobierno, leer impide ser felices. Y recibió ese título porque esa temperatura es a la que el papel arde (233 grados centígrados, o lo que es lo mismo 451 Fahrenheit). A la hora de quemar los libros en el rodaje, los abogados de la Universal no querían que se quemaran libros de Faulkner, Sastre, Proust, Genet, Salinger… Que se limitaran a los libros que fueran de dominio público. El problema es que los libros, al caer a la hoguera, algunos caían fuera de cuadro y eso era como dejar la cabeza de un actor fuera de cuadro, porque en esta película “los libros eran los personajes”, según dijera después su director.

Contra el calor, cultura refrescante
Hay varias formas de capear el calor: meterse en una tina de agua helada con cubitos y poner un ventilador (el gorro y la radio son opcionales). Ir a bañarse en calzoncillos al río Jaramillo. La tercera que nos hipnoticen diciéndonos “el calor está en la mente”. Cuarta tapar el sol con una pantalla gigante. Y la última conseguirse un traje de Mr. Free de Batman y andar feliz y refrigerado por la vida.