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Fuego y barro: Ceramistas de la Sierra

José Agulló

Última actualización :: 01/07/2010 @ 18:55:49 (GMT+1)

Energía, luz, fuego, calor... primordiales elementos, presentes en el origen y formación del Universo y principio de toda materia y vida.

En los albores del tiempo, en ciertos momentos de su desarrollo, la Tierra era una bola ígnea de materia en estado de fusión, navegando en la procelosa órbita alrededor de otra esfera mayor, de plasma incandescente, nuestro sol. ¡Calor por todas partes! Durante el transcurso de millones de años de evolución, el planeta se fue enfriando, apareciendo entonces la dura roca. Alquímico e infernal proceso, desarrollándose en titánico atanor, que dio lugar a los continentes y tierras que conocemos y habitamos.

De forma similar, pero a escala humana, tiene lugar el proceso de elaboración de la cerámica. Accidentalmente o por razonamiento, el hombre del Neolítico o, tal vez, de una época anterior, descubrió esta propiedad del calor sobre la materia y su aplicación práctica, inventando la alfarería, fundamental paso en el proceso evolutivo de la humanidad, vigente aún en nuestros días.

Pero, el hombre, imbuido de espíritu creativo, utilizó este medio, no sólo para realizar objetos funcionales, sino también como un nuevo método de expresión artística, canalizadora de su imaginación y espiritualidad.

Valga este breve preámbulo como introducción a la presentación, no de unos alfareros, que tal vez también lo sean, sino de tres artistas actuales del barro y el fuego, que utilizan esta técnica para crear arte tridimensional. Son: Elena Canencia, Isabel Micaela y Ricardo Martín.

Elena Canencia
Después de haber pasado por las Escuelas de Cerámica de Moncloa y de Francisco Alcántara, ambas de Madrid, aprendiendo todos los secretos de la cerámica, Elena comenzó a transitar los caminos del arte, experimentando las posibilidades de cada técnica, de cada tipo de barro, de los efectos del calor sobre ellos, de los distintos esmaltados, barnices y pigmentos para su decoración y... en fin, todo lo que la investigadora e incansable mente de un artista plástico es capaz de escudriñar en la búsqueda de ese estilo personal que encarne el profundo ideal de belleza y perfección que anida en su interior.

Con la materia prima, resultado del proceso transformador de los elementos y el tiempo: la arcilla, moldea Elena volúmenes escultóricos inspirados en la naturaleza, con la que convive,  marcadora de su pauta existencial. Su influencia se hace patente en formas, de apariencia primitiva, realizadas en barro refractario y tendencia ascendente, con decoraciones pictóricas sencillas y abstractas, de tonos oscuros, en armonía con el estilo rústico de las piezas. Al mismo tiempo, trabaja otras de corte monolítico, más claras, de apariencia geométrico-constructivista y diferente decoración; como así mismo, aún otras de aspecto totémico y cierta funcionalidad, a modo de lámparas o fuentes. Obras, todas ellas, que armonizan e interactúan de forma maravillosa con el entorno natural, necesitando incluso de él para estar completas; es el caso de algunas de un tono oscuro, casi negro, tipo recipiente: recogedores y contenedores de agua de lluvia; realizados, no con una intención práctica, sino ritual. Inconsciente influencia, procedente, quizás, del eterno gen que habita en nosotros, migrando de generación en generación, desde el principio de la existencia humana.

Como contraste, elabora también, Elena Canencia, un original tipo de azulejos en pasta de loza, esmaltados en blanco, de líneas depuradas, instalados en sugerentes composiciones y decorados con relieves, pintados o no, que evocan formas vegetales. Serie, esta última, que ha ido evolucionando hacia una iluminación más colorista; efecto, acaso, de la estación primaveral en la que nos encontramos. Protuberancias semiesféricas, manchadas de colores diversos, y elementos de uso cotidiano, como platos, tazas o plumines caligráficos, emergen de algunos de los baldosines, en composiciones en las que una especie de cosmos parece gravitar en torno a estos objetos domésticos.

Tanto elementos abstractos como figurativos pueblan el mundo expresivo y creativo de esta peculiar artista de la cerámica, en su continua experimentación y lucha, cual perseverante alquimista, por encontrar un modo personal de hacer y comunicar, en este complejo mundo del fuego y el barro.

 

Isabel Micaela

La convivencia con su abuelo, persona creativa, amante y practicante de todo tipo de trabajos artesanales, fue decisiva en la vocación de Isabel, despertando en ella inquietudes artísticas. Eligió la cerámica como medio de expresión por su plasticidad y porque disfruta metiendo las manos en el barro. Se formó, igualmente, en las escuelas de Moncloa y Francisco Alcántara, además de con otros maestros, asistiendo a diversos talleres y cursos.

Compleja es la tarea de realización de un obra en cerámica. Encerrada Isabel en su taller, se enfrenta al duro trabajo de amasado de la arcilla, que pasa por diversos procesos de modelado y secado, preparándola así para el definitivo “bautizo de fuego” que dará su peculiar personalidad a la pieza terminada.

Impresiones, sensaciones, emociones y todo tipo de sentimientos se materializan en piezas escultóricas realizadas en barro refractario, a través de un largo y elaborado proceso, cuyo final se decide en el calor del horno.

Extrañas y sugerentes formas, de inspiración vegetal, pueblan una parte del imaginario artístico de Isabel Micaela: flores, tallos y otras plantas, de retorcidos pétalos, y cálices como movidos por el viento, de vida que pareciera suspendida en el tiempo, convertidas en sinuosas y estáticas esculturas pintadas de exquisitos y delicados colores, cuyos inciertos perfumes deben ser imaginados.

Especie de jarrones, sin ninguna utilidad práctica, hechos a base de trozos, a modo de puzzle. “Retazos”, como ella llama a esta serie, que parece estuviera engendrada con lava o magma por el mismo Vulcano, visto el acertado color conseguido con los óxidos, fruto de las telúricas impresiones recibidas después de una visita a las Cañadas del Teide.

Hay otra serie, elaborada con elementos orgánicos, que se entrelazan, componiendo caprichosas formas que destilan poesía. Es la poética una constante en el trabajo de Isabel Micaela, en su intento por transmitir belleza, experiencias, percepciones, es decir, su propia cosmovisión, emanación de su particular idiosincrasia y entorno vivencial, interaccionando, de esta manera, con posibles espectadores-receptores de su obra, una obra plena de sensibilidad y expresividad, resultado de su esfuerzo, tenacidad y experimentación.

 

Ricardo Martin

Ha trabajado, Ricardo, en asuntos de física y energía, temas que le interesan sobremanera, habiendo impregnado su mente e inspiración a la hora de hacer arte. Interés que comparte con una de las más antiguas ciencias: la geometría. Ciencia, esta última, que se complementa con las primeras y, todas ellas juntas, las emplea, Ricardo Martín, en la realización de sus creaciones.

En el año 2002 comenzó estudios de cerámica artística  en la conocida, y ya mencionada, Escuela  de Cerámica Francisco
Alcántara de Madrid. Formación que se prolongó a lo largo de seis años, durante los que aprendió, entre otras materias, escultura geométrica. Temática que predomina en la mayor parte de sus obras.

Le interesan a Ricardo los contrastes. Sobre todo en los murales que realiza, donde, en un precioso y estudiado juego de geometrías, interaccionan blancos y negros, conseguidos únicamente con barros de estos dos tonos, sin tipo alguno de pintura. Un rojo rompe en ocasiones tal sobriedad, sirviendo de contrapunto al blanco y negro.

En cuanto a los volúmenes geométricos, tenemos un magnífico hipercubo realizado en barro refractario, instalado actualmente en “El Valle de los Sueños”, museo al aire libre de Puebla de la Sierra. También, distintos tipos de poliedros, con formas estrelladas, en los que ha utilizado hierro para crear cierto movimiento imaginario y como soporte de la escultura.
“Entrelazados” y “Orbitales” son otras obras que recrean el mundo del átomo, elaboradas, obviamente, con arcilla, en cuya decoración ha empleado una técnica reciente, denominada “pitfiring”, de un preciosismo extraordinario, en la que se usan sales de hierro y se mete la pieza en el fuego, entre serrín. O bien, en algunas de estas composiciones a base de módulos, aplica la tierra “sigillata” como única decoración, confiriéndoles una superficie de un suave y satinado acabado.

El “rakú” es otra técnica, originaria de oriente, de muy delicada y compleja elaboración, manejada  también por Ricardo para decorar algunos de sus cacharros, de un resultado sorprendente y maravilloso.

Complejos y muy variados son los procedimientos que se
emplean en cerámica, siendo necesario  conocer a fondo la función del fuego y el calor, para utilizarlos adecuadamente y no arruinar una pieza que ha llevado mucho tiempo y esfuerzo realizar. Conocedor, Ricardo Martín, de muchos de tales procesos, los conjuga con sabiduría, en su intención de conseguir la máxima perfección en sus obras, para deleite de los amantes y “voyeurs” de este arte, y cuyo toque de gracia les es dado por ese elemento primigenio, tan temido como apreciado: el fuego.